Vocación y talento, tarea de las empresas.

 

 

Fuente: www.eltiempo.com

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Si la educación no nos fortalece y no nos revela nuestra vocación (nuestra voz interior) y no nos ayuda a erradicar la frustración y el miedo al fracaso, ¡de qué coños sirve la educación!”.

Son palabras del bailarín y coreógrafo cartagenero, Alvaro Restrepo –director de El Colegio del Cuerpo– que encontré en su columna del pasado 30 de abril en el diario El Espectador, titulada: “La educación no sirve para nada” (puede leer la columna aquí).  Y no puedo estar más de acuerdo con ella.

El mundo dela formación ha estado volcado a enseñar técnicas de supervivencia financiera en donde los números y más números son el resultado final de los procesos de contratación. Entre más números positivos se muestren, mejores resultados se tendrán y más exitosa la gente será. Como si ser exitosos fuera el fin real de la vida. El fin real de la vida –a mi modo de ver– es llegar a tu último día con la tranquilidad de haber hecho lo que te gusta, feliz y siendo una buena persona. Una persona que hace el bien.

Las empresas cada vez están mas inmersas en esa competencia de quien será el mejor –con el costo social que esto trae– enfocándose en cantidades mas allá que en calidades. Es mas importante el estado de pérdidas y ganancias (nivel de ingresos, rentabilidad, ebitda, etc)  que la gente que las conforma. Quieren personas que generen los resultados de acuerdo con el cargo por encima de formarlas para que sean gente de bien. Buenas personas.

Una empresa es una entidad cuya responsabilidad social es formar a las personas que en ella trabajan y al público que atienden. No es un fábrica de resultados; debe ser una plataforma de desarrollo personal, emocional y económico, siendo este último casi su único centro de objeto social actual. No se darán esos esperados resultados si las personas que la conforman no se realizan. Es decir, no tienen el espacio para darle rienda suelta a su talento y vocación y sientan que con ellos están ayudando a cambiar al mundo. Así las cosas los niveles de frustración aumentan y con ella, la posibilidad del fracaso. 

La universidad no permite la experiencia, las empresas, sí. Los líderes empresariales están en la obligación moral de ayudar a desarrollar ese talento y diseñar los cargos para que el carácter vocacional de sus colaboradores aflore y estos sientan que están agregando un valor inconmensurable al mundo en el que habitan. Propender porque las relaciones sean más humanas, recíprocas, solidarias y empáticas y que la variable de medición del aprendizaje tienda al alza y no solamente el valor de sus acciones (y hablo de aquellas con las que tranzan las empresas). Además, que se asegure de que el uso de la tecnología sea una herramienta que facilita las relaciones y no al contrario –como hoy– donde las relaciones se dan a partir de la tecnología: si no hay wifi, entonces no te hablo. 

Una persona es feliz si siente que aporta para el cambio del mundo, que aprende con las cosas que hace y que es reconocida como una persona talentosa y valiosa para la sociedad, independiente del tipo de tareas que haga para una organización. Por supuesto, también si recibe una remuneración acorde al valor que agrega. 

Entonces, el liderazgo de hoy debe estar orientado a aumentar las posibilidades de que la gente trabaje en función de su talento y vocación y centrado en la formación de personas valiosas que hacen el bien más allá de solo exigir los resultados que aumentan la capacidad financiera de las organizaciones. Recordemos que un líder lo único que debe gestionar al nivel de excelencia, son las emociones, expectativas y aspiracionesde las personas a las que dirige y no solo sus acciones a ver si estas encajan dentro de la lista de tareas cotidianas.

Líderes desarrollando talento, empoderando y aumentando la capacidad de sus liderados.

Ricardo Gómez Garzón