¡Más artistas, menos empleados!

Voy a dedicarme a la… (Música, teatro, artes plásticas, danza y/o cualquier otra manifestación artística que quepa aquí)” ésta pareciera ser la frase que cualquier padre o madre quisiera no escuchar de sus hijos. Aunque ya hay muchas facultades de artes –y todas llenas– sigue siendo una razón de incertidumbre gigante que alguien quiera dedicarse a ser artista.

¿Y todo por qué? Por que ser artista es sinónimo de cero ingresos y de vidas encaminadas por la calle del vicio, la pereza, la arrogancia, la egolatría y otras calamidades que para la sociedad conducen a la “muerte social”. He visto mas personas con profesiones técnicas enfocadas en el vicio, la pereza, la arrogancia y la egolatría que en las áreas que trabajan con manifestaciones artísticas. Sin embargo, todos queremos ser artistas, así sea a manera de juego o camuflado en un hobbie.

Soñamos con subirnos a un escenario, impactar a miles, recibir aplausos y ser el centro de atención a partir del arte que queramos moldear. Claro, si eso viene acompañado de buenos ingresos… ¡Bingo! Y como ese estilo de vida, aun no lo hemos encontrado, algunos escondemos nuestra frustración en una “actividad que sí nos genere ingresos y nos garantice estabilidad”. Como si ser administrador, médico, arquitecto, abogado, comunicador social o contador sí nos garantizara ambas cosas.

El nivel de ingresos, así como lograr resultados de alto impacto, no depende de la profesión sino de la manera como la abordemos y generemos valor a través de ella. Creemos que esos oficios anunciados en el párrafo anterior, enfocados en procesos y resultados, números e indicadores, nos van a otorgar el estilo de vida que soñamos y decidimos que el arte no es una opción mas por el voz a voz que hemos venido heredando, que por propia convicción. Lo mismo pasa con las demás profesiones, lo que no nos dijeron es que cada una tiene algo de arte, sólo que tenemos que verlo más allá de las cifras; más cercano a las emociones que motivan estar vivo.

Las profesiones como arte

Cuando las profesiones que estudiamos, se conectan con nuestros talentos y nuestra intención vocacional en la vida, se convierten en profesiones artísticas, aunque habita en este mundo una fuerte cantidad de personas que aun no se conectan con su carácter vocacional, y por eso sólo se concentran en los resultados materiales que la práctica de su profesión permite y en mirar con recelo a quienes se dedican a ser artistas, otorgándoles un estatus más bajo, tal vez inmersos en una “falsa felicidad”.

El arte provee información ligada directamente con nuestro nivel espiritual y todos nos mantenemos buscando algo allí. Ese algo que va mas allá del dinero, los procedimientos, las hojas de cálculo, las técnicas, las normas, la ciencia, etc. Un algo que supera toda nuestra conciencia porque no tenemos control sobre ello y que aparece en nuestra vida de manera espontánea, intentando explicar para qué vinimos al mundo. Incluso, va mucho más allá de la religión.

Es el arte el que nos permite emocionarnos y sentir que estamos vivos. Nos da un paseo por nuestra infancia, por los momentos más importantes de nuestra vida, los más fuertes, los que más enseñanzas nos han dejado; porque cada momento de esos, estuvo ligado con alguna expresión artística: una película, una obra de teatro, una canción, una coreografía, un libro, un cuadro, una escultura, una comida. Es el arte el que nos permite esbozar una sonrisa, una carcajada, una lágrima, indicadores de que estamos viviendo.

Algunos dirán: ­“Pero yo sonrío cuando me llega el sueldo o cuando cierro un negocio”. En realidad no sonríen por el hecho mismo del pago o de su posibilidad de ingreso, sonríen por lo que van a poder hacer con eso y que siempre está ligado a su lado espiritual: una cena en familia, unas vacaciones para conocer parte del mundo, un concierto de su artista favorito, entre otros. Acciones que nos permitirán encontrar la tranquilidad. Todos, momentos generadores de emociones que sólo nuestra espiritualidad nos puede otorgar.

Los artistas son creativos, apasionados, algunos antipáticos, arrogantes y tímidos; otros, generosos y simpáticos. Pero tienen una visión de las cosas más allá de las cuadrículas que nos comparte la academia. Sensibles, muy sensibles. Ellos son los que nos enseñan a emocionarnos y nos facilitan contar nuestras mejores historias en la vida. Ni siquiera la sicología ni el coaching tienen ese privilegio, es una facultad única de los artistas. Nos ayudan a resolver problemas, haciéndonos llegar a esa emoción que nos hacía falta para tomar una decisión.

Es por esas razones y otras más, que los artistas deberían ser tenidos en cuenta en las organizaciones como agentes de cambio; como personas que nos ayudarán a pensar y a actuar diferente, a entender las relaciones desde otro punto de vista,  como motores de la creatividad y la innovación, como catalizadores de las emociones –componente vital para nuestro movimiento– más allá del sólo hecho de entretener.

¡Más artistas y menos empleados!

Ricardo Gómez Garzón.