No hay fracasos, solo consecuencia

¿Alguna vez algo le ha salido totalmente contrario a lo que planeó y se quedó adolorido y sin ganas de emprender de nuevo? ¿Fue por lana, salió trasquilado y se frustró? ¿Siente que hace de todo y no avanza? Pues le contamos que todas esas cosas le han pasado por una de estas dos razones:

1.      No aceptar un resultado contrario como un resultado posible dentro del proceso creyendo que usted es lo suficientemente superdotado como para que todo le salga tal cual lo planeó. “El hoyo en uno siempre será un golpe de suerte”.

2.      Porque se queda atrapado en el pasado echándole la culpa de su realidad actual, queriendo entender un porqué que ya no vale la pena entender. En ese caso, usted será el protagonista de una historia dramática muy similar a la historia de Les Luthiers en su parodia a la televisión llamada, La Tanda: “La indomable, una mujer atrapada por su pasado”.

Durante un tiempo, fuimos coaches de corredores de bolsa. Este es un mundo en el que nada está escrito y las decisiones que se toman se basan más en un pálpito que en la estadística del mercado. El riesgo es muy alto y la posibilidad de pérdida está a la vuelta de la esquina. Es un mundo totalmente incierto (bueno, acá entre nos… cualquier mundo es incierto).

Mientras trabajábamos con algunos traders (como se llama anglosajonamente a los corredores de bolsa), nos dimos cuenta de que unos cuantos tienen una manera particular de manejar la pérdida y dejarla como un resultado más en su vida. Nos pareció interesante y la quisimos poner en práctica en la cotidianidad de cualquier entorno: familia, trabajo, estudios, proyectos de emprendimiento, etc.

El esquema es el siguiente:

Ver y vivir la pérdida (o el resultado adverso) como un posible resultado de un proceso.

Una de las presuposiciones de la PNL (programación neurolingüística) dicta: “No hay fracasos, solo consecuencias”. De la manera como usted maneje esas “consecuencias” dependerá si avanza o no en lo que está buscando. Unos deciden que les dolerá para toda la vida y desisten. Otros, en cambio, aprenden de lo alcanzado y avanzan. Está dentro de su presupuesto mental (y hasta financiero) que eso puede pasar. Si no está dispuesto a que un resultado negativo pueda darse, es mejor que no emprenda ninguna acción.

Aceptar la realidad sin ningún “hubiera”.

Botarle siquiera 10 segundos a pensar en: “Si yo hubiera”, es una total pérdida de emoción y de tiempo… ¡Si se perdió, se perdió! Lo que se pierde tiene un valor inmenso, claro que sí, pero ser consciente de que eso ya no está, ayudará a aprender y a avanzar sin lo desaparecido. Tampoco funciona mantener abierta la posibilidad de que lo perdido volverá: lo único que se logra es dejar abierto un círculo que no va a cerrar jamás y desperdicia recurso valioso.

Si bien se siente dolor y se elabora un duelo (porque es necesario emocionalmente), la visión siempre está puesta hacia adelante, de acuerdo con la oportunidad que se tiene en frente. Cuando se dirige la mirada hacia atrás, se busca entender qué fue lo que no funcionó en el paso anterior y tenerlo en cuenta en la próxima decisión de acción; nunca para “llorar sobre la leche derramada” porque “agua derramada no hay quien la recoja”, como felizmente cantaba el desaparecido intérprete colombiano, Joe Arroyo.

El trato a si mismo siempre es positivo (y hacia los demás también)

Enterarse de la pérdida e intentar buscar un culpable en usted mismo, no es una buena opción ya que su inconsciente hace caso de manera literal a todo lo que usted dice de sí mismo. Así, evite decirse cosas como: “¡Qué idiota soy!”, “¿Habrá alguien más estúpido que yo?”, “¡Me lo merezco por despistado!”, y otra serie de frases que seguramente usted ya está trayendo a su cabeza y que se acomodan perfectamente a esta descripción.

Si por casualidad una de las frases que usa es: “Yo sabía…siempre me pasa lo mismo”, se hace urgente revisar su sistema de ganancias con respecto a su congruencia pues si es capaz de concluir que sabía que iba a perder, creyendo que iba a ganar, está en serios problemas. Saber que algo va a salir mal y aun así actuar esperando un resultado diferente es el principal síntoma de incongruencia y ante la incongruencia, siempre los resultados serán contrarios a lo que se espera. Ahora, si usted es de los que disfruta con auto agredirse, siga por esta línea entonces.

Muchas decisiones se toman gracias a la información que otros dan. Sin embargo, es importante reconocer que la decisión final de acción la toma usted por si solo; luego buscar echarle la culpa a un tercero por lo que usted hizo (o dejó de hacer), tampoco lo sacará de esa realidad dolorosa que está viviendo. Al contrario, lo hundirá más en ella. Es más fácil para su inconsciente salir del atolladero sí reconoce que la responsabilidad de esa acción fue suya y no del tercero que lo acompañó durante la decisión.

Actuar más que lamentar

De ahora en adelante cuando crea que todo está perdido, puede hacer cualquiera (o ninguna) de estas tres cosas: invocar al cantautor argentino Fito Páez en su canción “Yo vengo a ofrecer mi corazón” y tener fe en que las cosas pueden mejorar, llenarse de frases positivas aun sabiendo que tiene más efecto un ibuprofeno en una sala de urgencias o decidir actuar y avanzar más allá de lamentar. Es libre de reaccionar como le parezca más pertinente. Sin embargo, estas 4 pautas que hemos explicado, aplicadas en cualquier área de la vida… ¡Funcionan!