Lecciones de Escucha y Emprendimiento a partir de lustrar calzado

La semana anterior pasé por la calle 72 con carrera 10 en Bogotá, buscando quien lustrara mis zapatos. Ahí, conversando con un cliente, estaba el señor Garzón –después me enteré de que asi se llamaba. Me invitó a sentarme en su “oficina”, y mientras comenzaba su labor sobre el cuero del calzado, me contó que estaba muy inquieto porque se enteró de que en el SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje), estaban dando procesos de certificación técnica para los LUSTRABOTAS.

De inmediato se disparó mi voz interior, y esta me dijo: -Claro, está inquieto porque quiere certificarse como técnico en el oficio. Para no quedarme con la duda y para reforzar lo que mi voz me decía, le hice la pregunta respectiva: - ¿Qué es lo que lo tiene tan inquieto? –“Pues, doctor, quiero ir a averiguar cómo es la cosa”. (Mi voz interior me seguía hablando: ¿Si ve? Quiere ir a averiguar cómo inscribirse para certificarse). “Quiero ver quién es el profesor que dicta las clases porque dudo mucho que sea una persona certificada. Además, dudo mucho de que lo haga mejor que yo. Entonces, voy y averiguo quien dicta y si el mansito no lo hace bien, pues me postulo pa’que me contraten como maestro, doctor!”. Debo confesar que la respuesta que recibí me sacó totalmente de mi zona cómoda como escucha y me asombró gratamente.

En medio de mi sorpresa, tuve que reconocerle que no se me había siquiera pasado por la cabeza que esa fuera una opción pues pensaba que el necesitaba certificarse. –“Qué certificarme ni que nada, doctor! ¡Si después de 40 años en este oficio no demuestro que lo hago bien, estoy jodido! ¡Un certificado solo sirve para mandarlo enmarcar!”.

Y yo, emocionado con su actitud – y queriéndolo retar para ver que había más allá de ser profesor lustrador- le pregunté: ¿Y si no lo contratan, que va a hacer? ¿Se va a quedar otros 20 años lustrando? A lo que me respondió: ¡No, doctor! No está ni tibio. Ya estoy cansado de tanto trabajo y quiero trabajar menos elevando mi nivel. Ahora quiero ser empresario”. – Y, ¿Cómo es eso de ser empresario ahora?  – pregunté. “Pues, doctor, me he dado cuenta de que las personas que vienen a lustrarse acá conmigo, podrían hacerlo en su casa si yo les ayudo a hacerlo. Estoy trabajando en el diseño de un aparato que haga lo mismo que yo hago, pero automático. Así el cliente compra ese “bicho” una sola vez y nada más tiene que comprarme de vez en cuando el betún y las cremas. ¡Mientras eso pasa, pues yo descanso … o por lo menos trabajo menos! (risas). Así también cuando nos volvamos a ver, ya usted no me va a decir Señor Garzón sino Doctor Garzón! ¿Cómo la ve, mi doctor?”.

Llegado el momento de la partida, después de disfrutar de tan emocionante postura frente al oficio de lustrador; me paré, le pagué y le di mi tarjeta: –Señor Garzón, le dejo mi tarjeta. Cuando tenga el aparato quiero ser uno de los primeros en comprárselo. Aunque si no tiene quien le financie, me avisa para ver como conseguimos apoyo ahí. –“Tranquilo, doctor, que si en el SENA no me contratan como profesor pues les pido que me financien el “bicho” y si no lo hacen, pues ellos se lo pierden (risas). Tal vez ahí si le pegue una llamada, doctor”.

Salí de ahí con muchos aprendizajes. El Señor Garzón me enseñó:

Como escucha:

·         A escuchar mejor callando mi voz interior

·         A dejar de presuponer cosas que socialmente ya están preestablecidas en el inconsciente colectivo

·         Preguntar más que juzgar.

·         Que las relaciones son un juego de status y que, si se maneja de manera balanceada, todas las partes salen ganando.

·         Que la escucha debe ser neutra y sin sesgo de ninguna clase

Como emprendedor:

·         No importa cuando tiempo lleves en el oficio, siempre habrá una oportunidad para mejorar y mejorarlo.

·         Conocer los hábitos del cliente como fuente para detectar oportunidades y mejorar su calidad de vida.

·         Quien tiene talento y lo sabe, sabe cómo sacar el mejor provecho de él, agregando valor a otros. Enseñando, por ejemplo.

·         Trabajar para ofrecer soluciones más allá de recibir bonificaciones.

·         No hay edad específica para emprender. Es una cuestión de paciencia y constancia.

·         Quien tiene claro el oficio y es bueno en él, no le teme a la competencia.

Y usted, ¿qué otros aprendizajes nos puede compartir de esta pequeña historia?